La trilogía del 0zi errante.

25.3.05

Semana, sin más.

Fui al Media Markt de compras con la Bruja Loca. No sé qué tiene, que siempre me gusta charlar con esta chica, aunque la mitad de las veces no me escuche y la otra mitad sólo diga incoherencias. Vale, exagero un poco, pero es que teníais que verla tararear una canción mientras le hablo, a veces dan ganas de matarla; otras veces...
Por cierto que compré la trilogía de Regreso al Futuro, en pack con las tres pelis y cinco horas de extras, por 10,99 €. Es decir, sale cada peli a 3,66 €, siendo original y con extras. A ese precio, el que piratea no tiene perdón.
Curiosamente, nada más comprarla, la Bruja Loca ya me estaba pidiendo una copia ¬¬

El jueves vi La Casa de las Dagas Voladoras en casa de la Vampira. No estuvo mal, pero su guión dejaba bastante que desear. Se lo perdonamos por bonita.

El sábado tuve cierto problema sin mayores repercusiones, aunque con el nerviosismo y malestar que tengo últimamente ya lo veía como una señal de que el día acabaría mal (un aciago día reciente empezó igual). Por suerte no fue así, y el resto del día no dio problemas.

Tras la partida de la que hablo en el mensaje de hace unos días (el de las procesiones), nos juntamos con más gente para salir a la noche, no sin antes pasar por el Telepi en el que trabaja la Ratona. Si no me olvido de nadie, el grupo lo formaban (aparte de los mencionados en dicho mensaje) la Pebeta, el Samurai, el Quesilete, la Bruja Loca, el Fraile, la Asesina, el Fenicio, la Tamagotchi, el Pacman y el Alien. Tras cenar dejamos a la Ratona currando mientras nosotros nos dirigimos a divertirnos en el Casco Viejo. ¡Alcohol, chicas y música ensordecedora! ¡Yupiiii!
Luego fuimos unos pocos escogidos a rescatar a la Ratona de las garras de los pizzeros locos; el grupo de asalto lo formábamos el Juez (que aportaba su corpulencia para la lucha cuerpo a cuerpo además de su experiencia como master para crear un plan de rescate), la Diosa (cuyos poderes demiurgos serían de utilidad, especialmente su mirada petrificante y su capacidad para leer el pensamiento: miau miau miau miau...), la Bruja Loca (que, tan amable ella, se dedicó durante todo el trayecto a mostrarme sus fabulosas dotes para la defensa personal, como demuestran mis marcas en brazos y espalda) y yo (el siempre imprescindible a la par que denostado bufón del grupo). Finalmente logramos rescatar al chico, digo a la dama, y en la estación obligamos a las otras dos féminas del grupo a que se largaran, que ya nos cansaban; y de nuevo al bar.
Fotos comprometedoras, viaje a la discoteca, algunas bajas, hielo pasado de boca a boca, muros de contención, preocupación por una buena amiga enferma, chistes que sólo pillaban unos pocos elegidos, algún comentario que prefiero olvidar, desayuno en el Bocatta y echarme a dormir a las doce del mediodía del domingo.

El resto de la semana transcurre sin muchas novedades. Una comida con la Spaghetti (es curioso que esté desarrollando tanta confianza con una persona a la que veo tan escasamente, pero creo que no me equivoco al decir que lo merece) precedida por un extraño juego a lo Carmen Sandiego: "Where in Deusto is the parmesana?"; conocer mejor a una demente encantadora (suya es la frase "mi madre me llevaba todos los domingos a jugar seis horas al parchís a un pueblo alejado de la mano de Dios, lo que me traumatizó"); atender a una curiosa petición de rescate; conocer a unos amigos gallegos de la Bruja Loca; recibir un inmerecido agradecimiento de alguien que quiero mucho; ver de nuevo a la gatita y su paladín antes de su viaje a tierras inhóspitas; intercambio de pareceres sobre actos pasados, presentes y futuros; peregrinación armados con helados y posterior empacho de cena china.

Y acabo de cambiar el template del blog. El anterior, aparte de restringir demasiado el ancho de las lineas (lo que hacía parecer aún más largos mis ya faraónicos mensajes) me empezaba a cansar. Ya haré los necesarios cambios de localización y pondré los links a blogs amigos otro día.

23.3.05

Procesiones.

Quedamos a la tarde del sábado la Mujergato, el Mago, el Juez (creo que este es nuevo en el blog, de hecho acabo de improvisar su alias), la Ratona, la Diosa y yo para terminar una partida de un juego; no sólo no terminamos sino que, por lo visto, promete eternizarse. Por mí estupendo, me lo paso de maravilla jugando este juego y sobre todo en esta compañía, y lo digo por todos y cada uno de ellos ^_^

Lo que me llamó la atención de la tarde fue la procesión que presenciamos mientras esperábamos a los rezagados. Ver nazarenos, con sus túnicas y capirotes púrpura, siempre me ha parecido extraño, como miembros del KKK daltónicos, o mejor, como sus "sombras" de un juego de lucha. Lo peor fue ver después a una cofradía que vestía de blanco, daban ganas de gritar "geniales esos cosplays, habéis clavado los trajes originales de Arde Missisippi"; y eso por no mencionar que había niños (o hobbits, con esos trajes es difícil decirlo) ataviados de la misma manera. Me imagino a uno de esos niños dándole una colleja a otro y luego mezclándose con el resto; adivina quién ha sido.
La verdad es que estas celebraciones eclesiásticas siempre me han dado un poco de palo. Cuando veía en las pelis yanquis esas iglesias donde un coro multirracial amenizaba las misas con canciones marchosas, me deprimía al ir a la iglesia local a poner a prueba mi capacidad para mantenerme despierto. Así que cuando se organiza una celebración religiosa deberían compensar ese sopor semanal, pero no; son aún peores. La más grotesca de las teóricas manifestaciones de amor y fraternidad es eso de fustigarse la espalda hasta hacerse sangre en Semana Santa.
No sé, pero no creo que sea apropiado ni respetuoso imitar de esa manera el suplicio por el que pasó tanta gente en su época. Es como si para celebrar el fin de la II Guerra Mundial nos vistiéramos como presos en campos de concentración y nos tatuáramos números. O como si, para recordar y honrar a nuestros parientes fallecidos, imitáramos en una performance las condiciones en las que murieron. Es de mal gusto. Yo creo que la Semana Santa, más que ninguna otra celebración religiosa, debería ser un recordatorio de los valores que Cristo nos intentó legar, y no un espectáculo gore que nos recuerda el horror al que puede llegar el ser humano.

Y si me permiten un detalle de aún peor gusto de lo que esta fiesta tiende a ser, siempre que veo a la gente animando al masoquista que se autoflagela, no puedo evitar imaginármelos haciendo como en el ciclismo; a los corredores les echan cubos de agua para darles ánimo, y en la Semana Santa, para aumentar el ascetismo del desfilante, podrían arrojarle cubos de sal a la espalda.

No me miréis así, antes de entrar en este blog sabíais que hago este tipo de comentarios.

18.3.05

Sobre las mascotas.

A todo el mundo le gustaba acariciar su pelaje. Disfrutaban viéndola correr y saltar, jugando con su pelotita de goma o llamando la atención con sus agudos ladridos. Cuando yo la miraba, nunca la veía solamente como una mascota, sino incluso como una potencial amiga. Pues ésa es la relación que muchas personas tienen con animales, propios o ajenos: considerarlos amigos.
Pero su dueño no opinaba así. La mayor parte de las veces la ignoraba, paseando a sus otros perros mientras ella tenía que ser llevada por algún otro amo si no quería quedarse atrás. Otras veces, cuando el dueño tenía tiempo y ganas, la sacaba a pasear de malas maneras y a empujones, y ella jamás protestó, pues como todas las mascotas amaba a su amo sobre todas las cosas.
A tal punto llegaba su lealtad, que cuando vio a su amo ser multado por conducir ebrio, la emprendió a mordiscos contra los policías que extendían la multa. Por ser un bichito inofensivo y adorable los agentes no respondieron con violencia, pero ver a ese animal reaccionar tan ciegamente para defender al amo que tan poca atención le prestaba, ver su desesperada lealtad hacia quien no ha mostrado aprecio alguno hacia ella, me hizo recordar por qué yo no tengo mascota; prefiero tener amigos capaces de responderme que bestias irracionales que me adoren sin razón alguna.

15.3.05

Ozi febril...

Mi constipado está afectándome, no consigo recordar nada anterior al miércoles pasado

X
Una conversación importante con una de las mejores personas de este mundo. Gracias.
Después, una visita siempre grata. Rehuye la mirada por timidez, pese a ser una persona genial ante quien los demás deberíamos hacer reverencias. En mayo volveré a verla en la salvaje tierra de madroños y osos.

J
Procesión a la cueva de la Vampira: comilona, conversación con el Mago que me hizo sentir mejor (muchas gracias), series malas pero vistas en buena compañía, chistes muy malos. Hay que repetir.

Frase a recordar:
Yo: Estábamos viendo la Casa de las Dagas Voladoras
Ratona: ¿La Casa de las Bragas qué?

V
Merienda con la Pebeta, recogida de fotos, y muchas, muchas prisas. La Asesina nos esperaba para ir a Bilbo-City a reunirnos con el resto de la gentuza.
De refilón me enteré de una discusión en la que no estuve presente. Lástima, tendría muchas cosas que decir, ya que me revientan los sofistas. Pero decidí alejarme de esos temas y además se lo prometí a una persona a quien se lo debo, así que por mí pueden decir lo que quieran.
Por lo demás, empecé a incubar el extraño estado de salud en el que me encuentro, parecido al de Kevin Spacey en Estallido. Pero a mi no me ha mordido ningún mono, sólo una gata.

S
Constipado, aturdido, mareado. Falta de sueño, de equilibrio, de defensas. No salgo de casa ni adelanto trabajo de las cosas que tengo pendientes para otras personas.
Este estado de semi-enajenación me impide leer, escribir o dibujar, pero aún tengo fuerzas para ver unos cuantos capítulos de Alias: una serie excelente, con ese tremebundo cliffhanger al final de cada capítulo. Voy acabándome la primera temporada y tengo otras dos por delante. ¡Marshall rooolz!

D
Fernan's place, la clase de lugar donde uno espera oír un "¡NOOORM!" cuando un tipo corpulento entra por la puerta. Un sitio agradable, la verdad. Y el dueño es friki de cine y videojuegos, así que mientras te pone un café puedes charlar sobre Half-Life 2 o los Caballeros de la Vieja República.
Un regalo inesperado. Gracias, muchas gracias, pero sabes que tu sola presencia ya me supone el mejor de los presentes.
Dos conversaciones importantes por messenger, una de ellas dolorosa por descubrirme el inmenso error cometido perjudicando a cierta persona, otra fructífera por la esperanza que descubrí en ella. Veremos lo que dice el tiempo.

L
Compras con la Pebeta, recuperación de las fotos que me dejé en su mochila el viernes y encuentro casual con un antiguo amigo. Poco que contar, salvo que la salida no me sentó tan bien como debería y vuelvo a estar febril. Agh.


(Un saludo desde aquí a Delirium, cuyo blog ha llegado a su fin recientemente).

6.3.05

KEEP OUT

Durante un tiempo no pondré nuevos mensajes. Quizá cuando vuelva retoque algo del diseño del blog, que deja que desear. Veremos.

5.3.05

Semana

Poco que contar esta semana, salvo que acabo de darme cuenta de que hace tiempo que no uso este blog como lo que se supone que es, un diario.

A ver, cosas relevantes... no muchas, salvo que me he reencontrado con unos amigos a los que hacía mucho que no veía. Aparte, el martes me despedí de nuevo de una amiga a la que no veré hasta el verano (snif snif), quién le mandará irse a tierras bárbaras, con lo majos que somos aquí. Ese mismo día quedé para comer con la Spaguetti y le di un triste sustituto de regalo de cumpleaños que al parecer le ha gustado (con qué poco se contentan algunas), lo que me ha hecho muy feliz ^_^

El miércoles di clases particulares de inglés (glups). Lo pasaba mejor cuando daba clases de informática, hace unos años, porque el inglés no lo controlo tanto, pero lo que estuvo claro al poco de empezar es que se me daba mucho mejor que a mi alumna, lo que me tranquilizó. De hecho, luego reflexioné que eso es lo que hacen en realidad casi todos los profesores de las universidades: aparentar que saben tan sólo porque sus alumnos saben menos que ellos.

El jueves fuimos la Mujergato y la Diosa Oscura a la cueva de la Vampiresa a ver una especie de maratón de Alias, una excelente serie de acción americana, que hasta ahora desconocía. Espero con ansia la continuación de la maratón, el próximo jueves. Y por cierto, qué suerte tengo de tener a estas tres como amigas; cada vez que las veo y hablo con ellas me dan más razones para agradecerles el estar ahí.

Sin más. La semana que viene, visita de lujo.

1.3.05

Miedo

Cuando cerró la página de sucesos, su café ya se había enfriado. No podía evitar preocuparse, nunca había creido en las casualidades y ya eran tres los antiguos compañeros de colegio que fallecían en un plazo de una semana; en accidentes domésticos los dos últimos, y brutalmente asesinado el primero. Además, no se trataba de cualquier rostro anónimo de los que recuerdas vagamente al encontrártelo por la calle, y que te obligan a echar mano de todos los recursos del idioma para charlar sobre viejos tiempos durante unos minutos sin que se note que no eres capaz de recordar su nombre. No, eran precisamente sus mejores amigos de la época quienes estaban muriendo a tan alarmante ritmo. De hecho, de la cuadrilla que se mantuvo tan unida en aquellos años, él era el único que se mantenía con vida. Sintió pesar por no haber seguido en contacto con ellos.
Recordaba los tiempos en los que disfrutaba leyendo novelas de misterio; aunque nunca fue capaz de adivinar la identidad del culpable, conocía los recursos básicos de los criminales, y no pudo evitar pensar que muchos asesinos comienzan de forma torpe y atropellada, pero después aprenden a planear sus crímenes, incluso camuflándolos como simples accidentes. Si realmente alguien estuviera quitando de en medio a su antiguo grupo de amigos, él sería el siguiente en la lista del homicida, que quizá en estos momentos se dirigía hacia su casa, dispuesto a eliminarle.
Sonó el timbre de la entrada.
Dio un respingo. Miró hacia la puerta, pálido y con los ojos desencajados. Entonces se dio cuenta de lo estúpido que estaba siendo, de lo irracionalmente que permitía que sus infundados miedos le dominaran, y se dirigió hacia la puerta. Pero, pese a que era ilógico, no podía evitar pensar que tras esa puerta podría estar la muerte. Intentó expulsar esa idea de su mente, pero resultó ser una idea tenaz y se aferró con uñas y dientes a su cerebro, impidiendo el deseado desalojo. Su mano se acercó al pomo, pero se negó a tocarlo. Permaneció unos segundos así, con su decisión lógica de abrir pugnando contra su absurda negativa a hacerlo; y antes de que se decidiera el resultado, un nuevo timbrazo le hizo apartar la mano y retroceder un paso.
¿Qué me pasa? Pensó. ¿Por qué no abro? ¿Acaso fui criado para ser un cobarde? Mi padre es dueño de una de las empresas más ricas del pais, mi madre es diputada del partido en el gobierno, y siempre me han enseñado a no dejarme dominar por los demás, sino a ser yo quien controle la situación. ¡No seas niño, abre la puerta!
Lo hizo, y antes de poder reaccionar fue arrastrado al interior por una mole imparable que también tapó su rostro con un paño para que no pudiera gritar. Un segundo después, el enorme hombre cerró la puerta tras de sí, lo que dio una valiosa oportunidad a su presa para pedir ayuda. Y así habría sido de poder decir algo, pero descubrió con horror que el paño contenía alguna clase de narcótico que mantuvo tan paralizadas sus cuerdas vocales como el resto de su cuerpo.
El hombre se acercó a él, le levantó sin esfuerzo aparente y sin decir una palabra, y así continuó hasta llevarle al cuarto de baño. Le despojó de su ropa, le metió en la bañera y la llenó con agua fría, tras lo que salió de la habitación. Y desnudo, vulnerable e indefenso, no podía hacer otra cosa para mejorar su situación que rezar. Rezó para pedir que algo, lo que fuese, alejase al asesino de su casa. Rezó pidiendo que alguien entrase en la casa, que los vecinos sospechasen algo, lo que sea. Rogó por una intervención divina. Pero nada ocurrió.
El gigantesco hombre volvió con una minicadena y una silla. Colocó la silla junto a la bañera, y enchufó el aparato que a continuación colocó sobre aquella. Lo encendió.
Y consciente ahora, por fin, de que mañana sería otra noticia en el periódico que alguien leería mientras saboreaba un café, se resignó a morir, pero rezó de nuevo. No por su salvación terrenal, sino por la divina. Pidió perdón a sus padres por las decepciones causadas. Perdón por las personas a las que había mentido en alguna ocasión. Perdón a sus familiares y amigos por no estar más a menudo a su alcance.
Y recordó, más atrás en el tiempo, otras razones por las que sentir arrepentimiento. Recordó las agujas que clavó en las manos de su compañera de pupitre hacía ya dos décadas, esa niña fea y gritona que se suicidó en mitad del curso. Se compadeció, mientras escuchaba y veía al asesino disponer su muerte, del chico afeminado al que mutiló metiendo varios petardos encendidos en el recto. Se arrepintió, mientras el agua le alcanzaba el pecho, de haber tirado al agua a aquel compañero que no sabía nadar aquella noche en que nadie vigilaba la piscina de adultos. Sufrió, escuchando la canción que sonaba desde la minicadena, pensando en los gusanos y escarabajos que metía en las orejas de aquel niño retrasado que el resto de su cuadrilla se aseguraba de mantener bien quieto. Sintió, mientras notaba el terrible impacto en el agua, pesar por aquellos amigos a los que golpeó salvajemente por haberle denunciado ante sus profesores, una vez que sus padres habían convencido al director del colegio de que sus actos quedaran sin castigo. Y antes de que la descarga terminase de destruir su sistema nervioso y paralizar su corazón, se arrepintió, más que de cualquier otra cosa, de haber torturado en equipo durante un par de eternos años, al pobre chico gordito e inofensivo que, tras crecer alimentándose de odio y rencor, había buscado a sus verdugos para hacerles sentir lo que experimenta una víctima.
Cuando despertó, se sintió aliviado. Su atacante no era un asesino, después de todo; sólo quería asustarle. Se sintió un tanto torpe y mareado, secuela seguramente de la droga usada contra él. Intentó enfocar la vista, pero sólo acertó a distinguir unas pocas siluetas que le rodeaban. ¿Policías? ¿Enfermeros? No importa, ahora estaba a salvo. Dijeron algo, pero no les entendió muy bien. Entonces, al fin, notó algo que sí pudo apreciar en toda su intensidad: el intenso dolor de una afilada aguja atravesando por completo su mano desde la palma. Y lo siguiente que le dijeron, sí que pudo entenderlo nítidamente:
-Te hemos estado esperando. Ahora estáis los cuatro. Empecemos.