La trilogía del 0zi errante.

21.11.04

Otro sábado más.

No hay mucho que contar, y de hecho casi escribo esto por inercia, por no dejar el blog desatendido mucho tiempo y que la gente empiece a pensar que me ha pasado algo grave. Así que guardad los kleenex algunos, y el cava otros, que sigo aquí.

Ayer salí por la tarde, y aunque mi estado de ánimo no era el mejor posible por razones que no viene a cuento exponer aquí, en poco tiempo los asistentes lograron levantarme el ánimo. Estuvimos el Coche Fantástico, el Rubia, la Mujergato y yo, y pronto se nos unieron la Ratona y la Pebeta.
Estuvimos jugando en Poza 40 a Absolutas Idioteces, un juego bastante entretenido del que pronto (es un decir) habrá versión "friki", por parte del Mago (a quien desde aquí le deseo una pronta mejoría) y yo. Lo anunciaré aquí a su debido tiempo.
Un día alguien tendrá que explicarme por qué los camareros de este pais entienden los nombres de los platos como les viene en gana. ¿Desde cuando unas "patatas fritas" significa "patatas con mahonesa"?

Luego se nos unieron la Súcubo, que aún andaba pachucha pero parecía mejor que anteriores días, la Lurifriki, Pacman y el Fenicio. Espero no olvidar a nadie.
La Súcubo se fue enseguida, cosa normal, estaba molida; antes se habían ido el Coche Fantástico y el Rubia. Los demás nos quedamos, pero poco tiempo; por alguna razón, dos personas estaban bastante alicaidas, ignoro las razones y no quiero sacar conclusiones sin hablar con calma con ellos, pero el hecho de que uno de ellos se despidiera de los demás y sin embargo pasara a mi lado sin siquiera mirarme, me da qué pensar. No es que me preocupe, ya paso de esas cosas.

Luego nos fuimos descolgando todos; la Spaguetti vino para un brevísimo momento y fue recogida por el Correcaminos, y luego fuimos dejando a cada chica en su portal, la Mujergato se fue no sin antes arrancarme cruelmente algunos pedazos de carne a mordiscos y arañazos (sin provocación por mi parte, por supuesto), a la Pebeta le dejamos en un bus que la deja al lado de casa, donde le esperaba más fiesta, y acompañé a la Ratona a su portal, donde charlamos un rato y me demostró que es una de las personas con mejor conversación que conozco.

Mientras escribo esto he comprobado otra muestra de estulticia en cierto foro, a la que ya ni me molesto en responder. Es realmente patético comprobar cómo lo evidente para algunos pasa desapercibido para el resto, y me veo obligado a explicárselo todo a quienes deberían verlo por sí mismos. Me siento como Sísifo empujando la puñetera roca, y va a llegar un momento en el que lo mandaré todo al infierno y que cada palo aguante su vela.

14.11.04

Carta a un bastardo.

El sueño de la razón produce monstruos, dicen. Y escribir en caliente también. No he dormido apenas esta noche, y aún tengo reciente lo ocurrido, así que mis palabras compensarán mi falta de estilo y talento literario con la aspereza y rudeza resultante de la bilis que segrego al pensar en estos hechos.
Podría decir que un individuo, seguramente impelido por las desigualdades sociales que llevan a algunos de nuestros conciudadanos a cometer tropelías que no están en su naturaleza, realizó un robo con intimidación a eso de las tres de la madrugada, ayer en Bilbao. Sería una forma progresista, abierta de mente, tolerante, de decirlo. Pero el cuerpo me pide que cuente lo que un hijo de puta sin entrañas hizo ayer a una chica encantadora que no le había hecho ningún daño, y que explique por qué me gustaría ver muerto a ese miserable bastardo. Podría comulgar con la corrección política y ser amable y templado, porque puedo hacerlo si quiero. Pero es que no quiero.

Carta a un bastardo.

Sé, pequeño grumo de hez, que estas palabras no te llegarán. No conoces esta página, no creo que tengas internet, y de hecho hasta dudo que sepas leer. Por otra parte, sé que no convenceré a nadie de nada, ni lo pretendo. Así que escribo esto por mí, porque me apetece y porque esta suerte de puñetazo en la mesa es la única forma que conozco de permitir que la rabia que me produce la existencia de excrecencias sociales como tú se diluya, aunque sólo sea ligeramente.

Érase una chica que paseaba de camino a su casa, y tuvo el mal fario de topar con ese pequeño surtidor de asco tiznado de ser humano que eres. Érase un grupo de mujeres que escucharon los hechos sin prestar la atención necesaria más que para un juicio rápido y simple que catalogó la situación de “pelea de enamorados”, o al menos eso dijeron cuando se les preguntó por qué no habían intervenido durante el forcejeo. Érase un cuarteto de amigos que trotaba camino a unos columpios hasta que toparon con el gentío y reconocieron a la chica. Uno de ellos, huelga decirlo, era un servidor, que asistió como simple e impotente espectador al llanto de la víctima, al intento de la ertzaintza de darle seguridad cuando todos los actores del drama sabíamos que de ninguna manera iban a atraparte.
Finalmente los agentes se ofrecieron a llevarla a casa, y los cuatro amigos y las mujeres nos fuimos. Unos, hablando de lo lamentable de la situación, deseándote el peor de los males o especulando sobre la trayectoria que tu nauseabundo rastro pudiese seguir; las otras, criticando a los agentes (que a mí me parecieron amables y competentes) por su supuesta tardanza en llegar y, creedme cuando os digo que lo oí con mis propios oidos, por no ser lo bastante atractivos. Sí, así es la gente.

Pero volvamos al tema central, que estoy divagando. Lo resumiré con pocas palabras: siento auténtico asco por ti. Y pena, porque debe ser muy triste saber que nunca podrás ser otra cosa que la inmundicia que eres ahora. No siento odio, esa emoción es demasiado personal como para concedértela. Simplemente te considero un sobrante del pozo genético de la humanidad, un trozo de postilla que deberíamos poder rascarnos para librarnos de él, una mucosidad que entorpece y repugna a la sociedad.
Seguro que te felicitabas a ti mismo mientras corrías por el puente, orgulloso de tu gran hazaña. Hace falta ser muy valiente para amenazar a una chiquilla con contagiarle el sida empuñando una navaja, lo que hiciste fue una auténtica heroicidad. Ya te imagino con los amiguetes, contando cómo a duras penas lograste sobrevivir al terrible embate de una jovencita asustada. Todo un tipo duro. Obtuviste tu merecida recompensa, una riñonera con diez euros, unas llaves y documentación; merecido tesoro para tan brillante héroe. Valió la pena meter el miedo en el cuerpo a esa chica, que no conoces de nada pero seguro que se lo merece por ser mona, por ser joven, por llevar el pelo largo o simplemente porque pasaba por ahí. Por esos diez euros está justificado hacer que ella pase un momento atrozmente terrorífico, que tema por su vida, que llore hasta no poder más, que tema ir a su casa sola por si la acechas, que pase por una experiencia que le hará no volver a pasear por ese tramo durante bastante tiempo. Felicidades.
No conozco a tu familia, pero sé que eres un perfecto hijo de puta. No he visto jamás tu cara, pero sé que si en tu putrefacta alma aún quedase una misera fracción de conciencia, tú también debes llevar años sin ver tu propio rostro, debido a la imposibilidad de mirarte a un espejo sin sentir arcadas. No te conozco, pero sé que toda tu miserable vida no vale ni la décima parte que una sola lágrima de las que hiciste derramar a esa chica.

Como dije, de nada servirá este texto, su existencia es tan inútil como la tuya propia. Simplemente quería, como ya dije, expresar lo que tu existencia y la de ese ano que tienes por corazón me sugieren. No me queda más, para acabar ya de una vez con esta carta, que desearte sinceramente que una sobredosis, una paliza o cualquier otra causa no natural de muerte te envíe directamente al lugar en el que desde luego debes estar, y que una vez allí no te quede otra que mirar hacia arriba para vernos y decir “ojalá hubiera sido de otra manera”.

Atentamente,
Ozimandias.

7.11.04

Citas célebres (2)

Más citas célebres, esta vez sobre la expresión de ideas, por escrito o de cualquier otra forma:

"La mente rechaza una nueva idea con la misma fuerza que el cuerpo rechaza una proteína que le es extraña y se resiste a ella con similar energía (...). Si nos observamos con sinceridad descubriremos que con frecuencia hemos empezado a atacar una nueva idea antes de que haya terminado de ser formulada."
Wilfred Batten Lewis Trotter (1872-1939).

Julius Robert Oppenheimer (1904-1967) Físico estadounidense.
"No debe haber barreras para la libertad de preguntar. No hay sitio para el dogma en la ciencia. El científico es libre y debe ser libre para hacer cualquier pregunta, para dudar de cualquier aseveración, para buscar cualquier evidencia, para corregir cualquier error."

"Cuatro cosas no pueden ser escondidas durante largo tiempo: la ciencia, la estupidez, la riqueza y la pobreza". Averroes.

"El genio es un uno por ciento de inspiración, y un noventa y nueve por ciento de transpiración". Thomas Alva Edison.

"Nunca me he encontrado con alguien tan ignorante de quien no pudiese aprender algo". Galileo Galilei.

Mi favorita, y que encaja perfectamente con mi forma de escribir:
"He redactado esta carta más extensa de lo usual porque carezco de tiempo para escribirla más breve". Blaise Pascal.

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Próximamente, con la perspectiva del tiempo, mi crónica del viaje a Barna.

2.11.04

Escritor.

Observaba con admiración, y no sin cierta envidia, los progresos de sus ídolos. Allí estaba el pedante pero exitoso observador de la realidad cotidiana en la séptima edición de su último best-seller, poco más arriba se encontraba la ramplona y edulcorada biografía del actor más famoso del momento, y a un lado veía la última entrega de una serie de novelas fantásticas que habían devuelto al mundo de la literatura a una generación que se daba por perdida entre gráficos renderizados en tiempo real y explosiones en dolby surround. Fijó la vista en la última y laureada obra de cierta escritora, que pese a tener su misma edad ya era veterana en el medio editorial; la autora posaba sonriente en una fotografía que adornaba el estante, ocultando tras aquel bello rostro élfico los sinsabores pasados durante los siete años de rechazos a todas sus sucesivas novelas por parte de todos los editores del pais.

Se apartó del escaparate con cierto regusto agridulce, el que siempre le quedaba cuando observaba esas piezas que le ofrecían placer como cliente, pero tristeza como autor aficionado. ¿Por qué ellos y no él? ¿Por qué no podía él alcanzar el Olimpo de los dioses escritores? No es que fuese tan prepotente como para compararse con los mejores, pero sí que conocía autores inferiores a él que habían logrado llegar tan lejos o más que estos. No era justo. Sin embargo, cuando se reunía con sus amigos y comentaba ante ellos este pensamiento, ellos le respondían con el clásico chiste del hombre que rezaba todas los domingos para que esa semana le tocase la lotería, hasta que años después se le aparecía Cristo y le decía que de acuerdo, que le tocaría, pero que por favor se tomase la molestia de comprar alguna vez un décimo.
Así que finalmente se decidió. Recuperó, polvoriento y con las hojas amarilleadas, el intento de novela que acometió años antes. Corrigió los errores que ahora, con la ayuda de ese experto editor que llamamos tiempo, parecían tan evidentes, repasó varias partes, reescribió completamente otras, creó capítulos nuevos, cambió el final, alteró varios personajes, y tras dos meses de trabajo logró acabarla por completo.
Se la pasó a sus amigos, que unánimemente alabaron sus virtudes y no hallaron defecto alguno. Dejó pasar algún tiempo hasta que finalmente se atrevió, tras tomar la precaución de registrarla como propiedad intelectual, a enviársela a un editor. En el tiempo que pasó mientras esperaba la respuesta, pasaba de vez en cuando por el escaparate de la librería mirando las obras más vendidas e imaginando su rostro en aquellas fotos, especulando sobre cómo sería la portada de su ópera prima, viéndose a sí mismo en una presentación, acosado por fans a los que firmar autógrafos.

Mientras el cadáver era retirado de la mancha de Rorschach que había estado derramando desde sus muñecas, la policía encontró la carta de rechazo con los motivos aducidos por el editor, en lo alto de un montón de cartas y e-mails impresos, todos ellos trufados de notables adjetivos encomiásticos sobre su obra.

1.11.04

Artista.

En todos mis años como detective de Homicidios, nunca encontré un rival semejante. El "Doctor" no se conformaba con asesinar a sus víctimas, sino que las humillaba convirtiéndolas en la materia prima de sus obras de arte, pues era éste el modus operandi del criminal: destripar a la víctima y usar sus vísceras y sangre como material con el que componer un mural en la pared más cercana al cadáver.
Al principio sus obras provocaban escalofríos en los transeúntes que hallaban el cuerpo, pero con el tiempo y la atención de los medios, la reacción fue cambiando, hasta el punto de que la fascinanción que sus obras provocaban hacían que la gente casi se olvidase de las víctimas. El "qué espanto, cómo puede haberle hecho esto a un pobre inocente" exclamado por los demás policias cuando entrábamos en la escena del crimen se transformó lentamente en un "vaya, es una pena, pero hay que reconocer que si no fuera un asesino, el tio sería un artista admirable". Cuando le detuve, las reacciones ya comenzaban a situarse en la linea de "bueno, si lo mató, es que algo habrá hecho; un artista no mata por nada, ¿no?", mientras contemplaban extasiados sus obras de arte, procurando evitar pisar el reseco y semivacío cadáver, con poco éxito.
El juicio fue largo y reclamó la atención de todos los medios, no sólo por el interés intrínseco del tema, sino por la actitud del detenido durante el proceso. Mi declaración y la de los otros policías que colaboraron en su detención, la de los psicólogos que le examinaron y llegaron a la conclusión de que debía ser encerrado sin posibilidad de redención, la de los forenses y otros expertos... todas ellas fueron interrumpidas frecuentemente por los jocosos comentarios del acusado, todo un experto en el arte de la ironía y el sarcasmo, que con sus palabras arrancaba sonrisas cuando no carcajadas del juez, el jurado y los testigos del juicio. Llegó a caer tan simpático al fiscal que éste rebajó la condena solicitada, sin ninguna condición, cuando el juicio estaba a medias y pese a que el abogado de oficio aún no había ofrecido trato alguno.
Finalmente el acusado fue declarado culpable, indultado y puesto en libertad casi tan rápidamente como lo escribo. Además la popularidad conseguida le permitió lograr subvenciones para sus "obras", sin estar obligado a cambiar de materiales, pues eso afectaría a su libertad creativa. Y qué demonios, les comprendo; es un artista tan visionario que no se le pueden imponer los límites aplicables a los demás hombres. Ya tengo mi entrada para su próxima exposición.